Point-Saint-Esprit, 1951

Pont-Saint-Esprit es un pequeño pueblo de 4.500 habitantes, situado a orillas del Ródano en la frontera entre la Provenza y el Languedoc. Uno de esos sitios agradables donde nunca pasa nada interesante. Hasta que pasa y deja su nombre  en la historia de la crónica negra mundial.

Como si de un episodio de tarantismo medieval se tratara, un montón de vecinos se vuelven loco. Durante varios días, aquel bonito rincón del sudeste francés parece en pleno ensayo del Apocalipsis. Charles Granjhon, de 11 años, intenta estrangular a su madre; un hombre trata de ahogarse mientras grita que su estómago está siendo devorado por serpientes; otro vecino grita “¡Soy un avión!” y salta por la ventana de un segundo piso.

Dos años después, un científico estadounidense, Frank Olson, salta desde un décimo piso en Manhattan. Una muerte misteriosa que décadas después dará la explicación más aceptada sobre las causas de la locura colectiva en aquel pueblo francés.

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Cuando Japón ganó la II Guerra Mundial

Bahía de Tokio, 2 de septiembre de 1945. A bordo del acorazado USS Missouri y ante el general MacArthur, Japón se rinde a los Aliados.

Tokio, 1 de enero de 1946. El emperador Hirohito, lee la histórica Ningen Sengen (“Declaración de humanidad”) por la que renuncia a su deidad y se declara un ser humano normal.

Cinco días después, el 6 de enero, el excoronel japonés Jenji Kikawa se presenta en una comisaría brasileña junto con media docena de seguidores pidiendo la legalización de su organización. Una sociedad “para cultivar el espíritu nipón y unir a los japoneses, sin menospreciar el nombre del emperador, como los derrotistas hacen”. Y añade “queremos pedir a la autoridad que prohibía la propaganda que algunos individuos inútilmente hacen dentro de la colonia [japonesa en Brasil], predicando el derrotismo”.

La organización a la que se refiere es el Shindo Renmei, protagonista de uno de los autoengaños más sorprendentes de la historia del siglo XX. Para ellos Japón había ganado la guerra y lo contrario era propaganda americana que no iban a permitir. No eran cuatro locos; en todo caso, miles de locos.

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