La Navidad de 1914

Hace exactamente 100 años, la Navidad en Europa, y más concretamente en los campos de Bélgica, fue muy diferente. Ese verano había empezado la Primera Guerra Mundial y los hombres se mataban con saña en el barro de Francia. Pero era Nochebuena y el Káiser quiso tener un detalle con sus chicos, que recibieron abetos para decorar y, más importante, raciones extras de pan, salchichas y alcohol. El frente estaba en calma y la cosa empezó a animarse, los alemanes se arrancaron por villancicos. Entonaron Stille Nacht (Noche de Paz) el villancico austríaco compuesto un siglo antes y ahora universal.

Al otro lado, tras la sorpresa inicial, los británicos  se sumaron a la fiesta, contraatacando con sus villancicos. Y luego se volvió todo un poco loco, en el buen sentido. Unos alemanes se armaron de banderas blancas y se lanzaron a la tierra de nadie: “¿Hey Tommy, quieres unas salchichas?”; “OK Fritz, te las cambio por chocolate” contestaron los ingleses. Y allí se juntaron, estrecharon sus manos, intercambiaron comida y compartieron bebida y tabaco. La mayoría no se entendía pero todos decían lo mismo, porque eran iguales, más iguales que nadie en el mundo en ese momento.

Al día siguiente la tregua continuó, de forma tan espontánea como había empezado ya que no contaba con el beneplácito de los mandos de ambos ejércitos. Cuentan las crónicas que alguien sacó un balón que produjo el milagro que casi siempre consigue: todos regresaron a la infancia. Improvisaron unas porterías y  jugaron un partido de fútbol en la tierra de nadie, que ya era de todos los jugadores por igual. No había ni árbitro. También cuentan las cartas de los soldados que aquel partido lo ganaron los alemanes, 3-2.

Pero la fiesta acabó y volvieron a sus trincheras, cada uno a su barro, su miedo y su sangre; a una muerte sin pausa y sin prisa que se prolongó cuatro años más.

No estoy contando nada nuevo, la historia es conocida y con el centenario vamos a tenerla hasta en la sopa. Un ejemplo es el anuncio inglés que encabeza esta entrada. Ya saben, tiempo de fraternidad y de marisco al triple de precio para recordar lo mejor del espíritu humano. Yo voy a intentar hacer una especie de “making off” o “detrás de las cámaras” a mi manera.

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Alan Turing, el pecado nefando de un genio

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Alan Mathison Turing (1912-1954) era un genio. Fue uno de los padres de la computación, un precursor de la informática. O sea, uno de los culpables de que ahora estés leyendo esto y luego pases a algo mucho más interesante con solo un click. Eminente matemático, diseñó uno de los primeros computadores digitales. También fue uno de los antecesores de la Inteligencia Artificial, creador de un test que aún se usa hoy día para establecer la inteligencia de las máquinas.

Por si eso fuera poco, fue un héroe de la Segunda Guerra Mundial. Cuando Churchill dijo aquello de “nunca tantos debieron tanto a tan pocos” se refería a los pilotos de la RAF, pero la frase hubiera encajado igual o mejor referida a Turing y su equipo. Turing trabajó para el espionaje británico y consiguió descifrar la potente máquina Enigma, creada por el espionaje alemán. Ese hecho salvó miles de vidas y ayudó enormemente a Los Aliados a ganar la guerra.

Pero todo eso no le sirvió de nada ante un delito imperdonable: “indecencia grave y perversión sexual”, que es como el “pecado nefando” de la Inquisición pero en versión tribunal inglés de los años 50. No hace tanto de eso ¿verdad? Y sigue pasando en otros lugares, hoy mismo. Turing fue condenado por ser homosexual, fue castrado químicamente y todo indica que acabó suicidándose con cianuro inyectado en una manzana. Así se las gastan las leyes de los hombres.

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