Transferencia Gruen, una experiencia religiosa

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Pasó la Semana Santa y algunos, los menos, dedicaron esos días a conmemorar la antigua fe de sus abuelos: recrearon el martirio de Jesús, pasearon sus imágenes y visitaron sus templos. Otros, los más, vivieron la nueva (o no tan nueva) fe: se fueron al centro comercial.

Yo aproveché para ponerme al día con un documental que hablaba de la “transferencia Gruen”;  le quité un poco de polvo a “Coerción”, de Douglas Rushkoff, que ampliaba un poco el tema; y acabé visitando alguna web sobre interiorismo de centros comerciales.

Todo me hizo pensar que las iglesias que revientan aforo hoy día son los centros comerciales. No se si venden o estamos ante otra burbuja (motivo de otro post), el caso es que llenan la pista de devotos. Y se construyen con el mismo cuidado e intención que los viejos templos: provocar una emoción, vivir una experiencia. Cada elemento del espacio, por pequeño que sea, está pensado para que adoremos al único dios verdadero: la compra.

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La resurrección de Jesús según Mateo

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La verdad os hará libres (Juan 8, 32)

Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró. 51 La cortina del templo se rasgó de arriba abajo en dos partes, * 52 la tierra tembló y se hendieron las rocas; se abrieron los monumentos, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron, * 53 y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de El, vinieron a la ciudad santa y se aparecieron a muchos. 54 El centurión y los que con él guardaban a Jesús, viendo el terremoto y cuanto había sucedido, temieron sobremanera y se decían: Verdaderamente, éste era hijo de Dios”.

San Mateo 27: 50-54

 

No soy un voz autorizada en estos temas. En primer lugar no soy doctor de la Iglesia y en segundo he de confesar que mi fe es quebradiza, andando entre el culto subgenio y el pastafarismo según con qué pie me levante. Pero como a la vez tengo un alma inquieta, llega la Semana Santa y a mi alrededor (en el trabajo, en el parque, en el bar durante el descanso del derbi), todo el mundo debate sobre teología y la vida, figura y pensamiento de Jesús de Nazaret, he querido informarme. Para ello he cogido el ejemplar de La Biblia que tengo en casa, edición Nácar-Colunga, que según tengo entendido es una versión fetén, o al menos la más común por estos lares.

Y me he encontrado con el fragmento arriba indicado. Vuelvan a leerlo y reflexionen.

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Fordlandia, little boxes olvidadas el Amazonas

fordlandiaSiempre me han fascinado las historias de megalomanías fracasadas. No por el goce morboso sino porque nos pone en nuestro sitio y nos recuerda que un poco de humildad siempre viene bien. En su momento hablé de Prípiat, “la ciudad del futuro”, una fantasía del paraíso socialista achicharrada súbitamente por la radioactividad. En el post la confrontaba con Detroit, una ciudad moribunda, un final más acorde con la fantasía capitalista. Y la ciudad de los coches me llevó, maravilla de Internet, a Fordlandia.

Podríamos decir que Fordlandia se encuentra en el punto más elevado de la soberbia de Henry Ford, pero para ser más exacto y menos pedante, en realidad se ubica en el Amazonas brasileño, a orillas del río Tapajós. O sea, en medio de la selva, entre Santarem y Belem.

La ciudad se construyó de la nada en 1930 en lo que no dejaba de ser una versión más de la típica colonia industrial del siglo XIX pero sin tanta clase como la Güell. Aquello era más bien como las Little boxes que cantaba Pete Seeger, puro american way of life. Para Ford era tan importante la producción como su deseo de jugar a ingeniero social creando su sociedad ideal, su paraíso capitalista.

Bueno, es lo que Ford pretendía, pero le salió mal. Aquella aventura acabó 16 años después con 20 millones de dólares gastados y una ciudad fantasma.

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