La cárcel de Stanford somos todos

stanfordprisonexpSeguro que no soy nada original –a estas alturas pocas cosas tengo más claras– pero al hilo de los últimos brotes de violencia callejera contra personas e incluso contenedores, yo no paro de acordarme del experimento del profesor Zimbardo, conocido también como el “experimento de la cárcel de Stanford“.

Zimbardo quiso demostrar, nada menos, que las líneas morales son extremadamente inestables y que es muy fácil moverlas dependiendo de la situación. Y lo hizo con uno de esos atrevidos experimentos que se llevaban en los 60, como el de su colega Milgram, y que ahora están demodés, criticados ferozmente por la psicología oficial. La no oficial vaya usted a saber lo que tiene ahora a fuego lento.

El de Phillip Zimbardo tuvo lugar en el verano de 1971 y es muy probable que hayan oído hablar de él o hayan visto una película basada en el mismo.

La película, claro, exagera, pero la verdad es que al profesor aquello se le fue un poco de las manos. Previsto para 2 semanas, tuvo que cancelarse a los seis días.

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El estómago del doctor Beaumont

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En 1833, el doctor William Beaumont (1785-1853) era un desconocido médico de Connecticut que durante años había prestado sus servicios en el ejército como cirujano auxiliar, lo máximo a lo que podía aspirar por su formación de aprendiz de médico sin pasar por la universidad.

Pero ese mismo año su nombre pasa a la historia de la medicina al publicar “Experimentos y observaciones sobre el jugo gástrico y el funcionamiento de la digestión”. Su trabajo es un bombazo, una auténtica revolución respecto al conocimiento sobre la  fisiología del aparato digestivo. Fue su salto a la fama, a la gloria médica. Con su descubrimiento se abandonó la idea de que el proceso digestivo humano se basaba en la molienda y putrefacción de los alimentos en el estómago, para confirmar que se trataba de un proceso químico ‘limpio’, en el que toda fermentación supone una patología.

¿Cómo un oscuro médico con una precaria preparación teórica llegó a descubrir la verdad de la digestión humana? Gracias a un colaborador especial que le acompañó en todo el proceso, un humilde transportista canadiense llamado Alexis Saint Martin.

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Sandy, la isla del tesoro

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Hace unos días mi amigo Pep me habló de la Isla de Sandy, en el Pacífico Sur y estamos decididos a ir. Como somos gente previsora y no hacemos las cosas al tuntún, primero iremos de vacaciones, a ver qué tal es todo aquello. Pero a poco bien que vaya estamos pensando en establecernos y convencer a nuestras familias para que nos acompañen. Una vida tranquila, alejados del mundo.

Ya hemos consultado los mapas. Parece estar ubicada al este de Australia, en el Mar del Coral. Según el mapa tiene forma alargada, unos 30 kilómetros de largo por cinco de ancho.

Aunque en realidad es mucho más pequeña que eso. Tanto que, como se descubrió en 2012, ni siquiera existe. Era una isla que solo estaba en los mapas, una isla fantasma. Lo dicho, alejada de este mundo. ¿Será allí donde vive ese famoso registrador de la propiedad que hace las veces de presidente del gobierno?

De todas maneras nosotros no nos fiamos de lo que cuenta la prensa –respecto a la isla, sobre Rajoy creemos a pies juntillas a La Razón–  y vamos a echar un vistazo. Y si es verdad, ya que estamos por allí,  nos acercaremos a la Micronesia para comernos una paella en Os Guedes, que me acabo de enterar que es española.

Pero vayamos por partes.

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