No hay carnavales en Poveglia

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Llegan los carnavales y vemos en todas las teles a la bella  Venecia y sus fiestas de lujo. Contemplamos vestidos fastuosos, fiestas regadas con champán caro y toda clase de gente que en estos días, con todo el derecho de estar allí si les place, afean la ciudad.

Tal vez alguien aproveche la oportunidad para mostrarnos Venecia sin la gripe anual de los turistas en carnavales: callejones anaranjados al sol de poniente, con ese aire especial que solo el tiempo, la decadencia y la verdadera belleza pueden crear; inimitables en un resort de Oklahoma o Hong Kong, por mucho que se empeñen.

Veremos sus palacios forjados a base de piratería y fina política, valga la redundancia. Rastros de lo que fue uno de los principales emporios del comercio de todo tipo y, quizás, un emblema de esa vieja Europa del dinero, el arte y el refinamiento.

Lo que no veremos en ningún programa de televisión, me temo, es que a pocos metros de allí existe su reverso, una pequeña isla que no se llenará de  turistas por la sencilla razón de que su visita está prohibida: Poveglia, la isla maldita. Sigue leyendo No hay carnavales en Poveglia

Johann Reichhart, al servicio de Alemania

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Johann Reichhart siguió el negocio familiar, el que le enseñó su padre y su abuelo. Pero había empezado antes, ocho generaciones antes, nada menos. Johann hizo lo que había hecho siempre su familia. A falta de sus memorias (qué pena), desconozco si tuvo algún momento de rebeldía contra sus mayores o siempre aceptó su destino, al que dedicó toda su vida.

El caso es que una vez aceptado se dedicó en cuerpo y alma, como debe hacer un verdadero profesional. Él se lo tomaba muy en serio. Los más viejos del lugar deben recordarlo todavía con su uniforme, impecablemente vestido a la antigua usanza de su profesión: traje negro, camisa blanca, corbata negra de lazo, guantes blancos y sombrero de copa. Era muy estricto. Siempre aferrado a una libreta donde registraba todo con la exactitud y pulcritud que se presupone a un profesional germano.

También le acompañaba siempre su principal instrumento de trabajo, su fallbeil portátil.

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Las dos muertes de Cynthia Ann Parker

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El 17 de diciembre de 1860 Nautdah tiene 36 años y vive en las praderas de Texas con su familia. Es la mujer de Peta Nocona, el joven jefe de una de las tribus de la nación comanche, y tiene 3 hijos: dos niños, Quanah y Pecos, y una niña, Topsana. La supongo feliz como única mujer de Peta (señal de respeto en la poligámica cultura comanche) junto a sus seres queridos.  Aunque la vida allí no es fácil, a medida que aumenta la presencia del hombre blanco mengua la de los bisontes, su principal medio de vida. Las disputas con los blancos eran frecuentes desde hacía siglos pero la batalla se iba perdiendo porque aquellos forasteros tenían dos armas incontestables: la viruela y el rifle de repetición.

La madrugada del 18 de diciembre son los rifles de la caballería de los Estados Unidos y de los Rangers de Texas los que aparecen por el poblado de Nautdah, cerca de Pease River. Su marido, que resultó herido, y sus dos hijos pueden escapar de la carnicería que allí causa el hombre blanco, cabelleras indias en mano incluidas. Nautdah, con su pequeña Topsana en brazos, también intenta huir pero es capturada.

Y entre el caos de polvareda de caballos, gritos, sollozos y sangre, seguro que a Nautdah le tuvieron que venir imágenes más o menos nítidas de una vida anterior en la que ella ya había pasado por ese mismo horror.

Una vida anterior en la que ella se llamaba Cynthia Ann Parker.

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Prípiat y Detroit. Historia de dos ciudades

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Se que hay muchas diferencias, tal vez más que semejanzas. Una muere lentamente ante nuestros ojos por abandono, la otra lo hizo súbitamente en 1986 a causa de un accidente nuclear. No es lo mismo, no se trata de ninguna competición, pero hace unos días volvió del pasado el nombre de Prípiat (que había olvidado) y no pude evitar que en mi mente se mezclaran imágenes de otra ciudad que en los últimos meses ha sido noticia por su lento y triste ocaso, Detroit.

Dos circunstancias muy distintas pero que nos dan un mensaje similar: construimos ciudades eternas para intentar olvidar que estamos de paso, que no somos más que un accidente y que nuestro momento en la historia se perderá como lágrimas en la lluvia, que diría aquel replicante poeta. La verdad es que mirando las fotos apenas se distingue la una de la otra, al final el resultado las hermana de alguna manera.

Prípiat y Detroit, URSS y Estados Unidos, el triunfo del capitalismo y el paraíso socialista. Aunque diferentes, creo que ambas representan muy bien la esencia de los dos mundos. Una colapsó de golpe, la otra agoniza lentamente en la bancarrota, cada una atacada por sus propios demonios.

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