Cruzarse de brazos

Muchas veces los actos más heroicos son los gestos más simples. Como cruzarse de brazos. Todo depende del contexto, de lo que hagan los demás. Entonces decir no o mantenerse con los brazos cruzados es lo más difícil,  como muestra la fotografía tomada en los astilleros Blohm und Voss de Hamburgo el 12 de junio de 1936. Ese día se procedía a la botadura del barco escuela Horst Wessel y el propio Adolf  Hitler  había venido a presidir el acto. Al paso del Führer todos los trabajadores levantan el brazo, como está mandado. Bueno, no todos, uno de ellos, solo uno, se cruza de brazos y le niega el saludo al dictador. Ha pasado a la historia como el hombre de los brazos cruzados.

Era el acto de protesta de un hombre común que tenía problemas con el régimen nazi por algo tan común como enamorarse y casarse. Pero para el régimen su boda, en abril de 1935, no era admisible: él era ario y ella de ascendencia judía.

El valeroso ejemplo de resistencia –o de puro cabreo, que no es lo mismo pero se parece– pasó desapercibido en ese momento, aunque años más tarde los aliados lanzaron la foto desde el aire para alentar a otros alemanes a sublevarse. En ese momento su identidad aún se desconocía.

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El container

J.R.Mora_paz socialLas reformas son necesarias. Eso nos dice el que hace lo que hay que hacer, porque no existe otra opción que la suya. Solo hay un dios verdadero y el FMI es su profeta. El gobierno del PP no ha sido ni el primero ni el único, pero sí ha sido el dream team prodigioso de Rajoy, aupado por su fiel afición, el que las está llevando hasta el infinito y más allá en tiempo récord.

Para ello ha tenido que prescindir, para empezar, de todo su programa electoral. Y por el camino  nos han prescindido de lo que parecía imprescindible: una educación pública decente y una sanidad pública admirada por el mundo. Podemos aumentar la brecha entre ricos y pobres, podemos eliminar las ayudas a los dependientes, maltratar a los inmigrantes, abaratar el trabajo a la vez que se suben los impuestos. Podemos tener una Fiscalía Procorrupción, un cortesano más, defendiendo a los ladrones de guante blanco y un banco malo para que todos paguemos solidariamente sus desmanes mientras ellos expían su mala conciencia tomando un vinito en su residencia de la costa; para que aprendan. O en palacio.  También podemos prescindir de la decisión de las mujeres sobre su propio cuerpo ya que al parecer lo gestiona el dios privado de unos señores y señoras que creen en él.

Pero hay una línea roja, como dicen los cursis, que nuestra democracia no puede atravesar bajo ninguna circunstancia: el container. Se ha vuelto a ver una vez más, tras los atentados de Gamonal, en Burgos. Pase lo que pase, el container es inviolable. El container es el tótem, el producto supremo, la obra cumbre de la Santa Transición. Todos somos contingentes, solo el contenedor es necesario. Más sagrado que una vaca en la India. Por el container hacia dios.

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Benjamin Murmelstein, el último de los injustos

Benjamin Murmelstein vuelve a estar de actualidad. Se acaba de estrenar en los cines un documental sobre su figura, El último de los injustos. Su director, Claude Lanzmann, retoma el material que grabó con Murmesltein en Roma en 1975. Aquella entrevista estaba destinada a la gran obra de Lanzmann, Shoah, una serie documental de casi 10 horas de duración en la que se cuenta el Holocausto desde la narración directa de víctimas y testigos de la infamia. Ni una sola imagen de archivo, solo palabras, gestos y miradas que que te golpean fuerte en el estómago.

Pero Murmesltein fascinó a Lanzmann, que vio que su figura daba para un documental propio y dejó el material para mejor ocasión. El director francés, minucioso y paciente, ha tardado casi 40 años, pero “El último de los injustos”, ya está en el cine.

El título se recoge de un extracto de la propia entrevista, cuando Murmelstein dice: “No quiero ser el último de los justos porque ya ha habido demasiados, de ahí que prefiera ser llamado el último de los injustos. Se asimila justo a mártir, y ya son demasiados los mártires, lo que no significa que todos ellos sean justos”.

Probablemente Murmelstein es una de las figuras más controvertidas del Holocausto. Cuando muere en su exilio de Roma en 1989, el gran rabino de la ciudad se niega a enterrarlo junto a su mujer y no se permite a sus familiares recitarle la oración para que el difunto tenga paz. Era un traidor a su pueblo. Cuando acaba la guerra es el único de los “ancianos judíos” (líderes de la comunidad, que negociaban con las autoridades nazis) que sobrevive en Europa. Solo ese motivo le hace sospechoso. Otros defienden su actuación y alegan que no era más que otra víctima de los nazis y que atrapado en esa zona de nadie (odiado por diferentes motivos por unos y otros) hizo lo que pudo por salvar vidas. ¿Colaboracionista o agente doble? ¿Culpable o dos veces víctima?

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