Julia Pastrana, La Indescriptible

julia-pastrana-619x348

Julia Pastrana nació mujer, india y pobre en el estado Sinaloa, México, en 1834. Así que lo normal es que su vida no fuera fácil. Pero además Julia era muy especial, tanto que cuentan en su pueblo, Ocoroni, que su madre la mantenía recluida en casa, a salvo de miradas indiscretas. También cuentan que en la casa no había espejos.

Julia Pastrana hubiera sido una india pobre y anónima más si no hubiera nacido con hipertricosis lanuginosa (otros hablan de hirsutismo) y con hiperplasia gingival. O, en términos de marketing, que puede ser extremadamente cruel,  si no se hubiera convertido en la famosa mujer mono, la mujer oso, la mujer más fea del mundo, un “híbrido maravilloso, producto de los amores pecaminosos entre un hombre y una hembra de orangután”.

La enfermedad provocaba que Julia midiera 1,37 cm, estuviera completamente cubierta de abundante pelo negro y que su mandíbula fuera especialmente prominente, debido a que tenía bultos en las encías y sus enormes dientes se apilaban desordenados en dos hileras. Su aspecto era indudablemente simiesco.

Así que lo de ser pobre e india iba a ser casi lo de menos.

Sigue leyendo Julia Pastrana, La Indescriptible

Mastro Titta, matando al servicio del Papa

mastro titta

Imagino a Giovanni paseando tranquilamente por su barrio del Borgo, tras jubilarse, siendo observado por todos. Había tenido dos trabajos. Con su mujer pintaba sombrillas que vendía a los turistas que visitaban Roma. Pero ese era el otro trabajo. En la ciudad todos le conocían por ser un funcionario muy particular del Vaticano. Había empezado a trabajar para el papa Pío VI a los 17 años; se jubiló, con Pío IX, a los 85 años, con una pensión de 30 escudos anuales, generosa para 1865.

Era famoso, su trabajo era público e intuyo que tendría admiradores y detractores. Giovanni Battista Bugatti, conocido por toda Roma como ‘Mastro Titta’, trabajó 68 años, de 1796 a 1865, dejando tal huella que su apodo se convirtió en la ciudad en sinónimo de su profesión. También dejó 516 cadáveres, a los que mató de uno en uno y a la vista de todos. El bueno de Giovanni era el verdugo del Papa.

Sigue leyendo Mastro Titta, matando al servicio del Papa

Síndrome de Cotard y “cotard inverso”

daniela-1

Un consulta médica en Japón en 2012. El paciente, de 69 años, se dirige al doctor en estos términos: “creo que estoy muerto, me gustaría conocer su opinión”. El médico, supongo que tras un momento de sorpresa, le hace ver que si estuviera muerto no podría estar hablando en ese momento. El paciente, efectivamente, no se lo explica, por algo ha ido a consulta. Lo imagino inquieto ante la falta de perspicacia del médico.  Después de un año de tratamiento psicológico el paciente se recuperó. “Ahora estoy vivo, pero estuve muerto una vez”.

En 1990, un joven escocés tuvo un accidente de motocicleta en el que recibió una fuerte contusión cerebral. Salió del hospital convencido de que estaba muerto. Su madre lo llevó a Sudáfrica y el calor le confirmó que le habían llevado al infierno, mientras su cuerpo seguía muerto en Escocia.

En 2004, un británico de 48 años llamado Graham se despertó un día convencido de que estaba muerto. Meses antes, aquejado de una profunda depresión, había intentado electrocutarse en la bañera y por eso estaba seguro de que su cerebro había dejado de funcionar: “les decía a los doctores que las pastillas no iban a servirme de nada porque no tenía cerebro, me lo freí en la bañera”.

Dejó de fumar y de hablar, perdió el interés por comer, no tenía sentido para un muerto hacer nada de eso. Los médicos le sometieron a un escáner cerebral que les sorprendió. Mientras Graham estaba despierto e interaccionando con otras personas su cerebro mostraba una actividad similar a una persona anestesiada o en estado vegetativo. Tras el tratamiento, Graham empezó a mejorar y acabó sintiéndose vivo de nuevo, aunque “las cosas se ponen un poco raras a veces”.

Sigue leyendo Síndrome de Cotard y “cotard inverso”

Janusz Korczak, el Viejo Doctor

korczak 01

Era la mañana del 5 de agosto de 1942. En el ghetto de Varsovia habría una atmósfera que yo no estoy capacitado para describir ni imaginar. Los testigos hablan de un aire espeso, de silencio, miedo, resignación.

Los nazis estaban limpiando el ghetto, trasladando a los judíos a los campos de exterminio. Habían desalojado a los casi 200 niños del hogar judío que regentaba, que marchaban en silencio hacia los trenes de la muerte. Y al frente de todos estaba él. Su nombre era Henryk Goldszmit, pero el mundo lo conocía como Janusz Korczak, un pseudónimo que había usado en sus escritos en prensa y en sus libros. Tenía otros apodos, como como Stary Doktor (El Viejo Doctor) o Pan doktor (Señor Doctor).

“… había ocurrido un milagro, doscientos niños que no lloraban, doscientas almas puras condenadas a la muerte y no derramaban una lágrima. Ninguno trató de huir, ninguno trató de escapar. Tragando su dolor se aferraban a su maestro y mentor, a su padre y hermano, Janusz Korczak, que los protegería. Janusz Korczak marchaba con la frente en alto, sosteniendo la mano de uno de sus niños, no llevaba sombrero, tenía una correa de cuero alrededor de su cintura y calzaba botas altas”.

La leyenda dice que hasta las mismas puertas del tren de mercancías se le volvió a ofrecer una última posibilidad de salvarse. Pero él no concebía abandonar a sus niños bajo ninguna circunstancia. El tren partió hacia Treblinka con los niños y El Viejo Doctor a bordo. Y ahí se pierde su rastro.

Aunque en realidad, el rastro de Korczak ni siquiera los nazis fueron capaces de borrarlo, sigue reluciendo.

Sigue leyendo Janusz Korczak, el Viejo Doctor