La trobairitz y la soldadera

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En los siglos XII y XIII debían hacerse muy largas las tardes en los castillos de los poderosos, sobre todo porque no trabajaba ninguno. Aparte de entrenarse en el manejo de las armas y procurar no ser envenenado, poco más había por hacer. Así que, armas aparte, los que no se daban a la oración y la mística se dieron a la literatura y el canto. En los siglos XII y XIII surgieron en el sur de Francia (o Catalunya Nord, no se me enfaden mis paisanos) los trovadores. Posteriormente la moda se extendió por otros lugares del Occidente cristiano.

Los trovadores componían y cantaban en lengua provenzal u occitano. Era una poesía culta y refinada, surgida entre las clases ricas para consumo propio, una afición para pasar el rato. Una poesía profana sometida a unas reglas estilísticas muy marcadas que cantaba lo que se ha venido a llamar el “amor cortés”: en teoría una concepción platónica y mística del amor, un estado de sufrimiento gozoso que lleva al nirvana, pero en el que no se consuma nada de nada. El trovador canta las excelencias de su inalcanzable amada. ¿Por qué inalcanzable? Pues porque la amada era la mujer de otro, así que había que guardar las apariencias y mantenerse lejos de la espada del cónyuge. Tanto que a menudo se usaban seudónimos en lugar del nombre de la señora

Pero este esquema de trovador y amada-señora-de no siempre se dio así. Aunque se han documentado pocos casos y quedan pocas pruebas escritas, existieron algunas mujeres que le dieron la vuelta al asunto, las trobairitz.

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Crimen de guerra en Hamburgo

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Ahora se cumplen 70 años. Aquel julio de 1943 hacía calor en Hamburgo, el julio más seco y caluroso de los últimos diez años. Quizás ellos no lo sabían, pero Alemania ya estaba perdiendo la guerra. En febrero de ese año la derrota en Stalingrado ha supuesto el punto de inflexión.  En enero, en la Conferencia de Casablanca, los aliados declaran que solo aceptarán la rendición incondicional de Alemania y la respuesta del régimen nazi es el famoso discurso de Goebbels en el Palacio de los Deportes de Berlín en el que declara la Guerra Total (Der Totale Krieg) ante una audiencia enfervorizada.

En Hamburgo saben de qué va eso de la guerra mejor que en otros lugares de Alemania. Ciudad industrial, ha sido, desde 1940, objetivo de los aviones británicos. Los aliados son cada día más fuertes y quieren acelerar el final de la guerra. Para ello, deciden que además de atacar las fábricas y los nudos de comunicaciones, el objetivo principal es doblegar la voluntad de lucha del pueblo alemán, desarmar la totale krieg con la que Goebbels intenta elevar la moral.

Se trata de infundir el terror en el enemigo. La noche del 24 de julio, Hamburgo tuvo el triste honor de ser la primera gran ciudad arrasada por el fuego, nunca antes se había visto nada igual. Y pocas veces después.

Visto con perspectiva puede ser considerado (como luego Dresde, Hiroshima y Nagasaki) un acto terrorista a gran escala, un crimen de guerra. Se le llamó Operación Gomorra, el nombre ya lo dice todo.

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I+D+i en España, una moto y un botijo

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En la España de los primeros 70, Arturo Estévez iba por los pueblos con su extraña motocicleta y un botijo siempre a mano. La moto estaba equipada con un curioso depósito. Arturo seguía un  ritual. Cuando ya había conseguido congregar al suficiente público, echaba un trago del botijo y el resto lo vaciaba en el depósito de la moto. Y después encendía el motor y ¡funcionaba! Un motor de agua que dejaba a la audiencia boquiabierta y con ganas de salir corriendo a contar a todo el mundo que habían sido testigos del prodigio.

Arturo aseguraba que no había ningún truco, excepto unas raras piedras que lanzaba también al depósito de su mágico vehículo. Arturo Estévez Varela no era un mago, ni un buhonero,  era perito mercantil, jefe de un taller mecánico e inventor en sus ratos libres. Sigue leyendo I+D+i en España, una moto y un botijo

El secreto de Lina Rinkel

lina rinkel

Elfriede, a la que todos llaman Lina, es una mujer menuda, de aspecto afable y hablar dulce. Nacida en Alemania, en 1922, había sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial. En 1959, en busca de una vida mejor y tal vez para dejar atrás el recuerdo de la guerra, deja su país y emigra a Estados Unidos. Llega a San Francisco y se junta con otros emigrantes alemanes.

Al año siguiente, en el club germano-americano conoce a Fred Rinkel, un judío alemán que tuvo más suerte que sus padres, muertos en el Holocausto, y ha podido escapar de la barbarie nazi. Dos años después, en 1962, se casan. Fred trabaja de camarero en buenos hoteles  y ambos viven  durante más de 40 años en Nob Hill, un barrio de San Francisco. No tienen hijos, llevan una vida sencilla, sin lujos. Los que los conocieron hablan de una pareja bien avenida que se entendía, se divertían juntos y se trataban amorosamente. Fred estaba implicado en la vida de la comunidad judía de la ciudad, siendo activista de la B’nai B’rith. Su esposa no podía acudir a las reuniones ya que no era judía, pero ayudaba a su marido en lo que hiciera falta. Probablemente allí se recordaba el horror del Holocausto, inevitablemente presente.

En 2004 muere Fred y Lina se queda sola con 82 años. En 2006, esa anciana bajita y regordeta, apoyada en un bastón por su artritis y con la pérdida de visión en un ojo por la diabetes es invitada por el gobierno estadounidense a abandonar el país y volver a Alemania. La razón es que Lina había mentido en su solicitud de asilo en 1959, ocultando un pequeño detalle: de junio de 1944 a  abril de 1945 Rinkel  había trabajado en Ravensbrück, uno de los más crueles campos de concentración nazis. Un pequeño detalle que nadie conocía, ni siquiera su esposo, que murió sin saberlo.

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