Austeros de la muerte

tumba karl marx

Aquello de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades ha perdido fuelle. Sobre todo si lo dicen las sobrecogedoras élites políticas y económicas que nos gobiernan, recibiendo contratas a cambio de confettis varios o pasando, los menos, un stage de reciclaje empresarial. Así que, para que siga el espectáculo, hay que encontrar caminos nuevos; y como nuestras élites nunca se han distinguido por su creatividad (los creativos siempre se han exiliado, voluntariamente o por la fuerza) han encontrado la solución: agotada la vida, queda la muerte. He aquí el nuevo paradigma: señoras y señores, españoles todos, aquí hay gente muriendo por encima de nuestras posibilidades.  Cualquier día la troika nos saca un excel que lo probará científicamente.

En nuestro derroche la gente anda muriéndose de cualquier manera, sin pensar en el bien común y en el daño que le hacen a la Marca España. Aunque para ser justos, todavía no han culpado a los muertos, sino a los familiares que andan cogiéndose bajas de 4 días, semana sí semana también, con la excusa de un padre fallecido. Antes la cosa iba bien, llegaba dinero alemán a espuertas y uno podía irse cuatro días a llorar a sus deudos a un campo de golf con spa, por ejemplo. Pero esos tiempos en los que era un gustazo que se te muriera un familiar  ya no volverán, era un espejismo.

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Cool Hand Luke, maneras de ganar una pelea

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Con la actualidad llena de gente pequeña entrando y saliendo de los juzgados y la cárcel, mala gente que según el poeta “camina y va apestando la tierra”, me vuelvo a refugiar en el cine para quitar ese mal olor. Aunque por seguir en el tema, la entrada de hoy es de una peli de cárceles, que siempre me han gustado.

Como subgénero del cine negro, el cine carcelario ha alcanzado algunos títulos que por derecho han pasado a la historia del cine. Stuart Rosenberg ha dirigido dos muy buenas: la estupenda Brubaker (1980), con Robert Redford y, si me permiten, la aún mejor Cool Hand Luke (1967) con Paul Newman, llamada en España La leyenda del indomable.  Magnífica.

La película empieza con Paul Newman totalmente borracho, destrozando parquímetros en plena noche. Luego sabremos que se llama Luke Jackson, que le apodan Cool Hand, y que es un héroe de guerra. Por tan grave delito acaba en un penal, castigado a trabajos forzados. Ni rastro de un compasivo fiscal que lo defienda del atropello judicial, así son los yanquis. La vida en el penal, rodeado de compañeros con delitos más graves, es muy dura y los castigos frecuentes. Pero la voluntad de Luke por seguir sintiéndose libre es aún más fuerte, tanto que resiste y supera todas las pruebas, hasta la última, sin perder la sonrisa.

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En Minamata bailaban los gatos

Desde hace un tiempo los animales de la zona se comportan de forma extraña. Primero un vecino ve a su gato caminar errático  –con fuertes convulsiones a modo de danza extravagante– y luego saltar desde el puerto al mar para morir ahogado. Como borracho. Pero no es el único, pronto otros cuentan cosas parecidas y el rumor se extiende por todo el pueblo. Unos les llamaban “los gatos que bailan”, otros, “los gatos suicidas”. Los imagino bromeando sobre el tema en la taberna.

Las risas se apagan un poco cuando empiezan a aparecer peces muertos flotando en la orilla: poca broma, esos peces son el pan de todos en aquel pueblo de pescadores. Y definitivamente la cosa no tiene ni puta gracia cuando las personas empiezan a ‘imitar’ a aquellos gatos bailarines. Por el pueblo empieza a verse gente con muchos problemas al andar, pierden el control de sus extremidades, sufren fuertes convulsiones y tienen enormes dificultades para hablar. Su vista y oído también se deterioran, se sienten extremadamente débiles. Los casos más extremos desembocan en parálisis y muerte.

No es un caso, ni dos, ni tres; es una epidemia en toda regla. Aquel año de 1956, en Minamata (Japón), murieron 46 personas y nadie en el pueblo sabía por qué.

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Aprender a defenderse

En 1975 a Martin Seligman se le ocurrió dar una serie de descargas eléctricas a unos perros para ver cómo reaccionaban. No era un psicópata con mucho tiempo libre, sino un  psicólogo realizando un experimento serio. Claro que eso se lo deberíamos contar a los perros. El resultado fue la Teoría de la Indefensión Aprendida (learned helplessness) y su relación con la depresión. 

El experimento consistía en colocar a unos perros en unos habitáculos donde se les propinaban descargas eléctricas, sin ningún tipo de patrón o justificación. Al primero se le daba la oportunidad de parar la descarga impulsando con su hocico una palanca, al segundo no se le daba ninguna posibilidad de detenerla. Después se les pasaba a otros habitáculos, donde se les volvía a infringir descargas eléctricas. La diferencia es que de estas podrían librarse fácilmente, solo tenían que saltar una pequeña valla para salir de allí. El primero de los perros lo hacía a la primera, sin problemas. El segundo no se movía, simplemente soportaba la descarga resignado. Había aprendido a estar indefenso y se resignaba a su suerte. Sigue leyendo Aprender a defenderse