Grace Fryer y Las Chicas del Radio

Estamos en 1920 y Grace Fryer se gana la vida trabajando en una fábrica en Nueva Jersey, la US Radium. La Primera Guerra Mundial ha incorporado a numerosas mujeres al trabajo en las fábricas. El de Fryer y sus 70 compañeras consiste en pintar las esferas de los relojes con una pintura especial que los hace luminiscentes en la oscuridad. Un avance técnico incorporado por el ejército estadounidense en la Gran Guerra y que, una vez acabada, está teniendo un gran éxito comercial. El negocio va sobre ruedas.

Es un trabajo de precisión en el que para mantener la punta del pincel lo más fina posible la pasan por sus labios. En su momentos más relajados las chicas no pierden ocasión de jugar con la pintura, y pintan sus uñas y sus dientes para divertirse en la oscuridad. El polvo que flotaba por el taller también convertía en luminosos sus cabellos, rostros y manos.

Un juego inocente para ellas que no saben que la pintura, llamada Undark, está compuesta principalmente por sales de radio, elemento descubierto por Marie Curie en 1898. El radio es extremadamente radioactivo, un millón de veces más que el uranio. La dirección de la empresa sí conoce la oscura composición de Undark y los efectos nocivos del radio. La prueba es que sus directivos y científicos evitan toda exposición y toman las medidas de protección a su disposición. La propia US Radium difunde entre la comunidad médica los efectos nocivos del radio. Mientras eso ocurre en la planta noble, en la cadena de montaje los supervisores recomiendan expresamente el letal método de afinar los pinceles con la boca.

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Irma Grese, la bella y la bestia

Irma era rubia, de ojos claros, de una belleza que llamaba la atención. Algunos la llamaban el ángel rubio. Tenía apenas veinte años así que no es raro que se pasara horas ante el espejo arreglándose el pelo, que llevaba siempre impecablemente peinado. Como podía, estrenaba vestidos constantemente, traídos de las casas más importantes de París, Praga o Viena.  Le gustaba calzar botas de montar, siempre relucientes.

Ese angelito fue condenada a la horca y colgada el 13 de diciembre de 1945, con solo 22 años. Casi nadie lloró, todo lo contrario. Aquella niña había hecho carrera muy deprisa, convirtiéndose en la segunda mujer de más alto rango en Auschwitz tras María Mandel. El ángel de Auschwitz también mostró su sadismo en Ravensbrück y Bergen-Belsen.

Ha sido descrita como la peor mujer de todo el campo. No había crueldad que no tuviese relación con ella. Participaba regularmente en las selecciones para la cámara de gas, torturando a discreción. En Belsen continuó con el mismo comportamiento, igualmente público. Su especialidad era lanzar perros contra seres humanos indefensos”.

Extracto del juicio de Belsen

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Mr. Dickson y el final de la II República

La II República Española da sus últimos estertores en Alicante, a finales de marzo de 1939. Cerca de 20.000 personas se hacinan en el puerto, entre la desesperación y la esperanza de poder huir de la victoria. Son republicanos, por convicción o por puro sorteo de la vida, abandonados por todo el mundo. Literalmente. Se habían concentrado allí ante el rumor de que les dejarían salir de España sin daño alguno. Aparte de que era un falso rumor interesado –las tropas de Franco y de Mussolini no llegaban con la misma idea– el otro problema era cómo hacerlo.

Entre otros, hay dos barcos británicos allí, dos mercantes que comerciaban con la ya moribunda República Española. Uno es el Maritime. Su capitán, escrupuloso cumplidor de las normas, no está autorizado a embarcar más que a 40 pasajeros, todos autoridades. Y así zarpa medio vacío. La historia del navío y el nombre del capitán se pierden en la historia; y a mí particularmente me importan un pimiento. Pero hay otros nombres que trascienden por no cumplir las órdenes recibidas: el del navío es Stanbrook y el de su capitán, un valiente galés de 47 años, Archibald Dickson. Ambos sí han pasado a la historia con todos los honores.

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Descanse en paz maestro

Ha muerto José Luis Sampedro, un sabio de esos que se cuentan con el dedo de una mano, que decía aquel. De los que de verdad encajan en la definición de maestro, una palabra depreciada muchas veces. No estoy a la altura para hacerle un homenaje con mis propias palabras. El mejor homenaje es pararse un momento a escuchar las suyas, a aprender y a pensar por nosotros mismos.

Que la tierra le sea leve, maestro.

El salario del miedo

Hoy me apetecía cine, en esta sección en la que escojo una escena de una peli. La de hoy verán que es muy actual. El Salario del miedo (Le salaire de la peur) es una película franco-italiana dirigida por Henri-Georges Clouzot en 1953 y basada la novela del mismo nombre escrita por Georges Arnaud tres años antes. La película respeta bastante la novela aunque con algunas interesantes variaciones de Clouzot. La escena que he escogido, por ejemplo, no está en el libro.

La historia se sitúa en algún lugar olvidado de Centroamérica, presumiblemente Guatemala (aunque, como dice Arnaud “Guatemala no existe, lo se, viví allí”). Una explotación petrolífera estadounidense sufre un incendio y para apagarlo necesitan provocar una explosión con gran cantidad de nitroglicerina. Pero el explosivo hay que trasladarlo unos kilómetros por carreteras muy peligrosas. Para ello se contrata a cuatro hombres (en dos camiones, por si uno explota durante el viaje), europeos desarraigados que malviven en un pueblucho cercano. La protagoniza Yves Montand (Mario), estrella de la canción y el cine francés de la época, junto a otros actores menos conocidos como Charles Vatel (Jo), Peter Van Eyck (Bimba) y Folco Lulli (Luigi), que componen un reparto a la altura de las circunstancias.

Se suele catalogar dentro del género dramático pero también es un thriller, un film político, incluso filosófico y, sobre todo en su mejor parte, una cinta de suspense digna del propio Sir Alfred Hitchcock.

La película se divide claramente en dos partes que podrían componer dos films distintos. En la primera, Clouzot nos pone en situación: nos presenta a Mario y el ambiente decadente de uno de esos pueblos fronterizos por donde dios (el que sea) no paró ni para ir al baño. Respiramos el calor, la monotonía y la ausencia de horizonte de unos hombres que vegetan esperando que ocurra algo que les saque del agujero.

La primera imagen muestra unas cucarachas atrapadas por un niño sucio y medio desnudo. Cuando el niño se incorpora del suelo la cámara nos pone en situación. De golpe, en toda la cara.

Les animo a que tengan paciencia y la vean, teniendo en cuenta que esta primera parte es lo más flojo de la película.  Aunque nos presenta situación y personajes (un protagonista, por cierto, más bien antipático), tal vez es demasiado larga. Además tendrán que soportar la interpretación de Vera Clouzot (Linda) cuyo apellido lo explica todo. Henri, te perdonamos porque somos unos románticos, pero te pasaste un pasote.

También nos muestra la relación entre los dos protagonistas, con unos tonos ambiguos que pueden sugerir una relación con tintes homosexuales, que podría resumir en el siguiente diálogo:

Mario: “Yo no estoy hecho para esa muñeca ñoña” (refiriéndose al personaje de Vera)

Jo: “Los tipos como nosotros no estamos hechos para ninguna”.

De acuerdo, si es necesario pulsen el fast forward pero no el stop, háganme caso, valdrá la pena. La primera parte (que no deja de ser interesante) es la película que el niño que les escribe olvidó al día siguiente; la que recuerda vivamente con angustia es la que empieza cuando unos cuantos aspirantes compiten fieramente por un trabajo suicida.  Cuatro de ellos logran el premio y empieza la travesía.

Jo: “¿Hace calor o frío?”

Mario: “Calor, ¿por qué?”

Jo: “Porque aquí estoy congelado”

Es el momento de la verdad y la arrogancia mostrada hasta ahora por Jo empieza a ser triturada por el miedo.

Y por fin, tras una introducción larguísima por mi parte (mi pequeño homenaje a Clouzot) llegamos a la escena que quiero destacar, la del puente.

Los primeros en pasar son Bimba y Luigi, en lo que me parece un recurso muy acertado de Clouzot. Supone un aperitivo bastante contundente para ir preparándonos al paso del segundo camión, el de Mario y Jo.

Cuando ven en la plataforma el agujero que ha dejado el primer camión y comprueban que la madera está podrida Jo dice que ya ha tenido bastante, no se puede pasar, abandona.  Pero Mario no se da por vencido. Cree que puede hacerlo, aunque tendrá que llevar el camión marcha atrás hasta el mismo borde.

 Jo: “No lo intentes Mario ¿no ves que son tablas podridas? Esto no es madera, es esponja”  ¿Se te ha subido al nitro a la cabeza? Mira el suelo, está lleno de grasa, parece una pista de patinaje, aunque no se hundiera el suelo patinarías”.

Mario: “Son 2.000 dólares”

Jo: “Y a mí qué, me importa más mi pellejo”.

Mario: “Demasiado tarde, haberlo pensado antes (…) Pues si ahora hay que pasar, hay que pasar”.

Empiezan a dar marcha atrás, muy poco a poco. Jo quiere que pare, Mario quiere dejar el camión en el borde. Tanto que aprisiona a Jo contra la vagoneta, que cae al barranco con el estruendo de un mal presagio.  Y al final consigue lo que quería, llegar al límite.

Mario cree que Jo ha caído por el barranco junto a la vagoneta y lo busca desesperadamente. Encuentra su gorra y empieza a convencerse de que algo terrible le ha pasado. Al final lo encuentra, está subiendo por un barranco, alejándose del lugar, dejándolo tirado.

Mario se sube al camión y empieza a dar marcha adelante. Otra vez con poco recursos: el rugido del motor, un plano detalle de una rueda intentando subir la pendiente o patinando en el barro, el rostro crispado de Mario… consigue subir la tensión hasta el límite. Existe el peligro de que el camión no pueda subir, se deslice y caiga al barranco.

Jo lo observa, preocupado y angustiado por la cobardía que le ha llevado a abandonar a su amigo. De esa manera Clouzot consigue que no se nos olvide lo que está en juego porque nos identificamos con Jo, dan ganas de esconderse tras el sofá.

Pero no contento con eso, Clouzot sube la apuesta. Cuando parece que Mario ha solucionado el problema de que el camión patine y empieza a avanzar, un gancho del camión atrapa el cable metálico que sujeta toda la estructura de madera que lo sustenta.

Mario no se da cuenta pero cada centímetro que avanza el camión tensa un poco más el cable hasta que se rompe. La estructura de madera empieza a tambalearse y a separarse de la carretera mientras el camión todavía apoya sus ruedas traseras en ella.

Justo cuando la estructura se desmorona finalmente, el camión logra avanzar y se salva por los pelos. Mario pasa junto a Jo, que le esperaba en lo alto del barranco, a salvo de cualquier problema. Mario está cabreado por la traición y pasa de largo. Jo se agarra al camión, no quiere que le abandone ahí pero Mario lo manda a la mierda y sigue adelante.

Al final, de mala gana, se compadece de él y le recoge. Eso sí, sin dejar de recriminarle “cobarde, basura, etc.” Mientras Jo le dice que lo que le pasa a él es que es un inconsciente sin cabeza, por eso no teme a nada. Me gusta particularmente esta imagen, que encierra el espíritu de la película: un hombre corre para alcanzar un camión lleno de explosivos.

Luego vendrá otra escena memorable, en el mismo estilo que la anterior, cuando ambos camiones se juntan para afrontar un derrumbe que ha bloqueado el camino con grandes rocas y usan la nitro para despejarlo. Otra vez Clouzot vuelve a dejarnos sin respiración y otra vez con muy poco elementos: unos labios mordidos, unos dedos jugando con una caja de cerillas.

Después vendrá la de la charca. El camino está lleno de penalidades hasta el final, aunque no quiero desvelar nada por si alguien se anima a verla después de leer esto. Eso sí, no me resisto a mencionar una gran frase que Jo dirá en un momento importante de la película: “Cuando juegas a hacer el gilipollas siempre ganas”.

Hay algo de Peckinpah en esta película (aunque sería más exacto decirlo al revés) en varias cosas. Aquí también el paisaje es un protagonista más, masticamos el calor y el polvo. Los protagonistas son un “grupo salvaje” de camioneros, de vuelta de todo, derrotados pero dignos, con un peso dentro del que solo los puede librar la muerte. Seguro que a Pekinpah le gustó la película. Por cierto, su Grupo Salvaje (The Wild Bunch, 1969)” empieza igual, un niño torturando a unos bichos.

También me lo recuerda el modo seco, cortante, de explicar la historia. La falta de énfasis  y de adorno innecesario para contarlo. Por ejemplo, al prescindir de música y efectos sonoros más allá de los necesarios. Ahí se fue mi mente un momento a La Balada de Cable Hogue (The Ballad of Cable Hogue, 1970), grandísima película. Si la peli la hicieran ahora nos dejarían sordos con una música estruendosa para indicarnos que debemos ponernos nerviosos.

Clouzot sólo utiliza la música (al modo dogma, integrada en el argumento) al final, en la última escena (gran montaje también), para crear un contraste interesante que tendrán que ver ustedes mismos porque seré muchas cosas, pero no soy de los que van por ahí reventando finales.

Tres niveles

Esta parte ya es un bonus track solo para lectores incondicionales o con más tiempo libre.  Yo, cuando me pongo, veo lo que no hay y en El salario del miedo veo tres niveles de discurso.

1. El más inmediato, el que me quitó el sueño cuando era un niño, y que sigue siendo mi preferido, es el suspense de un viaje en el que sientes el peligro constante.

2. Cuando la volví a ver, joven y con ciertas lecturas encima, vi claramente su discurso político (tan actual, por cierto):  las relaciones de poder capitalistas, la dureza de la ley de la oferta y la demanda que muchas veces se parece demasiado a la esclavitud, en la que el libre albedrío se convierte en elegir entre una muerte lenta malviviendo en el pueblucho o una rápida volando por los aires en un camión.

3. Al verla de nuevo, con menos pelo en la cabeza, leo un tercer nivel, en este caso filosófico. No en vano la película nace en unos años en los que Sartre y Camus impregnan el pensamiento europeo. Veo en la película una angustia real (no poder pagar la comida, la ropa ni la cama) y otra más metafísica en la que los personajes viven arrastrados por su circunstancia, sin futuro y sin tener claro cuál es el verdadero sentido de su propia existencia. El que sean extranjeros atrapados en un mundo ajeno (no se mezclan con la población local) refuerza su soledad, su desarraigo,  la sensación de vivir una vida equivocada en el lugar equivocado. Eso les lleva a un viaje peligroso a ninguna parte. Con un final apropiado, por cierto.

Perdón por ponerme tan intenso, me dejé llevar. Me encanta cuando una película, un libro o una canción cambian con los años, van creciendo conmigo y dándome algo nuevo cada vez.

Pero no me hagan mucho caso, si quieren ver la película para disfrutar de un rato de buen suspense, de una película de aventuras con una atmósfera angustiosa, no se arrepentirán. Eso es puro cine. Lo demás son parole, parole, parole.

Curiosidades

Segundo bonus track y por el mismo precio, no se quejarán.

El Salario del miedo obtuvo un gran éxito de público y, sobre todo, de crítica en Europa. Ese año se llevó la Palma de Oro en el festival de Cannes (de ella dijo Edward G. Robinson, miembro del jurado, que era “una patada en el bajo vientre”) y el Oso de Oro en Berlín, además de ser elegida mejor película en los premios BAFTA británicos. En los Estados Unidos de aquellos años no se vio igual. El Herald Tribune, en plan Marhuenda, acusó al film de describir el negocio petrolífero de forma gangsteril y de ser una película comunista y antiamericana. Las conocidas simpatías izquierdistas de Yves Montand supongo que también ayudaron.

Como comprenderán quienes hayan visto la película, la carrera cinematográfica de Vera Clouzot se redujo a tres películas dirigidas todas por su marido. Las otras dos son Los Espías (Les Espions, 1957) y la que es considerada la obra maestra de Clouzot: Las Diabólicas (Les Diaboliques, 1955). Otro thriller muy negro y opresivo en el que también juega maravillosamente con el suspense. Por cierto, de esta película se hizo un remake norteamericano en 1996, Diabolique, protagonizado por Chazz Palminteri, Sharon Stone e Isabelle Adjani.

La novela homónima en la que se basa El salario del miedo contiene algunos tintes autobiográficos. Su autor, Georges Arnaud (cuyo nombre real era Henri Girard) tenía una cómoda vida de alta burguesía francesa hasta que en octubre de 1942 se vio envuelto en un hecho que la giró por completo. Su padre, su tía y una criada fueron salvajemente asesinados en su castillo familiar y él fue acusado del crimen. Tras pasar más de un año en diversas prisiones, fue absuelto, dilapidó su fortuna y se marchó a Suramérica. Allí, sin un duro, hizo de todo para sobrevivir: buscador de oro, topógrafo, taxista, cantinero, marinero y camionero. Tras el éxito de la novela y la película se dedicó a escribir y vivió en diferentes lugares. Murió en 1987 en Barcelona, adonde se había mudado tres años antes. El autor también tiene una peli ¿verdad?