La procesión de Genarín

 
“Y siguiendo tus costumbres
que nunca fueron un lujo
bebamos en tu memoria
una copina de orujo.”

 

En la noche del Jueves a Viernes Santo de 1929, 30 de marzo para más señas, Genarín recorría su ruta habitual por el leonés barrio de San Lorenzo, lugar poco recomendable para almas cándidas y en el que él era casi una leyenda. En la base del tercer cubo de la muralla, a la altura de la calle de Las Carreras, el bueno de Genaro decide hacer hueco en su vejiga para el nuevo orujo por venir. En ese momento, el pellejero, cual moderno Cable Hogue, es arrollado por el progreso; concretamente por el primer camión de la basura de la ciudad de León. Allí quedó atrapado Genarín, entre el camión y la muralla. Cuenta la leyenda que la Moncha, una de sus prostitutas habituales, lo vio y cubrió su cuerpo con un periódico.

Una muerte anónima de un humilde pellejero en un arrabal de una ciudad de provincias. Más de 80 años después, unas 15.000 personas lo recuerdan en procesión.

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Lo siento pero no puedo

Señores Gallardón y González Pons, por más que lo intento no consigo sentir lástima, ni solidaridad, ni empatía siquiera con sus ilustrísimas señorías. Ni siquiera con sus familias. Lo que están viviendo con el escrache de la PAH debe ser muy duro, un mal trago. Lo sé, lo racionalizo y no tengo duda de ello. De repente la realidad de la calle ha saltado el muro y ha llegado hasta sus puertas. Y no les gusta lo que han visto. No es bonito, ni edificante. Ni creo que la PAH lo pretendiera.

Debería notar esa empatía con los que sufren, como sus señorías y, lo digo en serio, me molesta no sentirla, es una derrota personal. No se, tal vez solo sea una excusa, pero tras años de ver tanta gente sufrir, y no solo en los telediarios, algo se ha roto. Años de ver a mi alrededor gente que se va al paro, que vive cada día preocupada por llegar a fin de mes, van haciendo costra. Los que tenemos suerte solo hemos visto recortados nuestros sueldos a cambio de trabajar más. De momento. Pero otros lo han perdido todo: su casa e incluso sus vidas. ¿Demagogia? El señor Gallardón decía que no se puede violentar de esa manera a unos diputados que votan “en conciencia”. ¿En conciencia? Las listas de los partidos son tan cerradas que a la conciencia no la dejan entrar, como si llevara zapatillas deportivas. Y eso lo sabe todo el mundo, así que sus grandes palabras suenan más huecas que nunca para la mayoría.

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El hombre del traje blanco

Viendo por la tele como Francisco, el nuevo Papa de Roma, nos bendecía desde su balcón pensaba que tenía que escribir sobre ello esta semana. La daba vueltas al misterio de la Santísima Trinidad, y en cómo el dios del Antiguo Testamento no tiene nada que ver con su hijo, el del nuevo. Miles de años y esfuerzos de gente mucho más docta que yo dedicando sus mejores esfuerzos a encajar todas esas diferencias en una religión monoteísta y un mensaje coherente me superaban. No me iba a meter en ese jardín.

Y de repente lo vi, ya tenía el tema para esta semana. Deslumbrado por la blancura inmaculada del cardenal argentino recién ascendido me vino la imagen de otro hombre con traje blanco nuclear: Alec Guiness. No me digan que Sir Alec no daría bien como Papa. Y en cierta manera lo fue, nada menos que Obi Wan Kenobi, cardenal destacado del jediismo. Así que en mi retorcido sentido de la actualidad hoy les voy a hablar de cine, de una peli que me marcó: El hombre del traje blanco. Y, más concretamente, de su escena final.

El hombre del traje blanco (The man in the white suit, 1951) es película británica dirigida por Alexander Mackendrick para la productora Ealing, creadora de deliciosas comedias británicas durante los años 40 y 50. El argumento nos lleva a Sidney Stratton (Alec Guiness), un científico solitario y visionario; un químico graduado en Cambridge que ha salido rebotado de sus últimos siete empleos y al que solo le interesa su investigación para lograr un tejido que no se rompa ni se ensucie. Está dispuesto a lo que sea para conseguirlo. Stratton consigue el tejido, un éxito que acabará enfrentándole a todo el mundo ya que ni a patronos ni a obreros les interesa, supondría el fin del sistema tal como se conoce.

La escena elegida en esta ocasión son los últimos 15 minutos de película, cuando la película enloquece por completo:  Stratton ha conseguido hacerse el traje e inicia una alocada huida con la intención de publicar su descubrimiento, mientras todo el mundo intenta impedírselo.  Sigue leyendo El hombre del traje blanco

Alma Rosé, música para sobrevivir

Alma Rosé era una obsesa de la música y como tal una directora de orquesta muy perfeccionista. Cuentan que durante un concierto interrumpió la interpretación, visiblemente enfadada, porque entre el público algunos hombres hablaban demasiado alto. Hasta aquí algo casi normal. Pero la cosa cambia si se abre el encuadre y vemos el escenario. Alma Rosé era judía, directora de la orquesta femenina de Auschwitz-Birkenau y su distinguido público los SS encargados de torturar y asesinar a los presos. Dioses para los que matar a un preso era un acto tan banal como encenderse un cigarrillo.

En mi humilde contribución para celebrar el 8 de marzo propongo recordar la figura de una mujer excepcional atrapada en unas circunstancias que van más allá de la excepcionalidad. Una mujer que intentó sobrevivir en el infierno a golpes de música, teniendo que ganarse nota a nota cada minuto de vida en un lugar en la que el horizonte vital de un preso era de 3 meses. En Auschwitz cada día, cada pequeña decisión, cada gesto, era trascendental. Y Alma tomó algunas decisiones que años después la convirtieron en un personaje polémico, con luces y sombras. O sea, como todos los demás que hemos tenido la suerte de no vivir en el infierno.

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Lidia Litviak, la rosa blanca de Stalingrado

Se acerca el 8 de marzo y como en febrero se han cumplido 70 años del final de la batalla de Stalingrado me apetece contarles quién fue Lidia Litviak. Para ponernos en situación:  en una ciudad remota a orillas del Volga, entre agosto de 1942 y febrero de 1943, millones de personas (Rattenkrieg, “guerra de ratas”, le llamaron los alemanes) se dedicaron con todo su empeño a matarse con fiereza. Y se les dio bien, muy bien. Las estimaciones más conservadoras superan con creces el millón de muertos, entre civiles y militares. La ciudad bautizada por aquel entonces con el nombre de Stalin, hoy Volgogrado, ostenta el honor de ser escenario de la batalla más sangrienta de la historia.

Todo ese horror dejó, como pasa siempre, algunos héroes famosos entre los vencedores, como Chuikov o Záitsev, al que le hicieron una película con Jude Law. Todos hombres. A Lidia creo que no le han hecho todavía una película, pero ella también fue una heroína en los campos de Stalingrado. O mejor en sus cielos, ya que ella era aviadora, se llamó Lidia “Lily” Litviak y pasó a la historia como La Rosa Blanca de Stalingrado.

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