La procesión de Genarín

Genarín, Genaro Blanco, procesión
“Y siguiendo tus costumbres/  que nunca fueron un lujo/  bebamos en tu memoria/ una copina de orujo”.

Es la noche del Jueves a Viernes Santo de 1929, 30 de marzo para más señas. Genarín recorre su ruta habitual por el leonés barrio de San Lorenzo, lugar poco recomendable para almas cándidas y en el que él era casi una leyenda.

En la base del tercer cubo de la muralla, a la altura de la calle de Las Carreras, el bueno de Genaro decide hacer hueco en su vejiga para mas orujo que está por venir. En ese momento, el pellejero, cual moderno Cable Hogue, es arrollado por el progreso; concretamente por el primer camión de la basura de la ciudad de León.

Allí queda atrapado Genarín, entre el camión y la muralla. Cuenta la leyenda que la Moncha, una de sus prostitutas habituales, lo vio y cubrió su cuerpo con un periódico.

Una muerte anónima de un humilde pellejero en un arrabal de una ciudad de provincias. Casi 90 años después, unas 15.000 personas lo recuerdan en procesión. La Procesión de Genarín. 

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El hombre del traje blanco

Viendo por la tele como Francisco, el nuevo Papa de Roma, nos bendecía desde su balcón pensaba que tenía que escribir sobre ello esta semana. La daba vueltas al misterio de la Santísima Trinidad, y en cómo el dios del Antiguo Testamento no tiene nada que ver con su hijo, el del nuevo. Miles de años y esfuerzos de gente mucho más docta que yo dedicando sus mejores esfuerzos a encajar todas esas diferencias en una religión monoteísta y un mensaje coherente me superaban. No me iba a meter en ese jardín.

Y de repente lo vi, ya tenía el tema para esta semana. Deslumbrado por la blancura inmaculada del cardenal argentino recién ascendido me vino la imagen de otro hombre con traje blanco nuclear: Alec Guiness. No me digan que Sir Alec no daría bien como Papa. Y en cierta manera lo fue, nada menos que Obi Wan Kenobi, cardenal destacado del jediismo. Así que en mi retorcido sentido de la actualidad hoy les voy a hablar de cine, de una peli que me marcó: El hombre del traje blanco. Y, más concretamente, de su escena final.

El hombre del traje blanco (The man in the white suit, 1951) es película británica dirigida por Alexander Mackendrick para la productora Ealing, creadora de deliciosas comedias británicas durante los años 40 y 50. El argumento nos lleva a Sidney Stratton (Alec Guiness), un científico solitario y visionario; un químico graduado en Cambridge que ha salido rebotado de sus últimos siete empleos y al que solo le interesa su investigación para lograr un tejido que no se rompa ni se ensucie. Está dispuesto a lo que sea para conseguirlo. Stratton consigue el tejido, un éxito que acabará enfrentándole a todo el mundo ya que ni a patronos ni a obreros les interesa, supondría el fin del sistema tal como se conoce.

La escena elegida en esta ocasión son los últimos 15 minutos de película, cuando la película enloquece por completo:  Stratton ha conseguido hacerse el traje e inicia una alocada huida con la intención de publicar su descubrimiento, mientras todo el mundo intenta impedírselo.  Sigue leyendo El hombre del traje blanco

Alma Rosé, música para sobrevivir

Alma Rosé era una obsesa de la música y una directora de orquesta muy perfeccionista. Cuentan que durante un concierto interrumpió la interpretación, visiblemente enfadada, porque entre el público algunos hombres hablaban demasiado alto. Hasta aquí algo casi normal. 

Pero la cosa cambia si se abre el encuadre y vemos todo el escenario. Alma Rosé era judía, directora de la orquesta femenina de Auschwitz-Birkenau y su distinguido público los SS encargados de torturar y asesinar a los presos. Dioses para los que matar a un preso era un acto tan banal como encenderse un cigarrillo.

Alma Rosé fue una mujer excepcional atrapada en unas circunstancias que van más allá de la excepcionalidad. Una mujer que intentó sobrevivir en el infierno a golpes de música.  Aquella orquesta –en teoría unas privilegiadas– tenía que ganarse nota a nota cada minuto de vida, en un lugar en el que el horizonte de un preso era de 3 meses. 

En Auschwitz, cada día, cada pequeña decisión, cada gesto, era trascendental. Y Alma Rosé tomó algunas decisiones que años después la convirtieron en un personaje polémico.

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Lidia Litviak, la rosa blanca de Stalingrado

Hoy quiero hablarles de  Lidia Litviak, as de la aviación y  uno/a de los/as mejores pilotos militares de todos los tiempos.

Para ponernos en situación:  en una ciudad remota a orillas del Volga, entre agosto de 1942 y febrero de 1943, millones de personas se dedicaron con todo su empeño a matarse con fiereza. Y se les dio muy bien. La ciudad bautizada por aquel entonces con el nombre de Stalin, hoy Volgogrado, ostenta el honor de ser escenario de la batalla más sangrienta de la historia.

Todo ese horror dejó algunos héroes famosos entre los vencedores, como Chuikov o Záitsev, al que le hicieron una película. Todos hombres. A Lidia creo que no le han hecho todavía una película, pero ella también fue una heroína en los cielos de Stalingrado. Se llamaba Lidia “Lilia” Litviak y pasó a la historia como La Rosa Blanca de Stalingrado.

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