Cuando Estados Unidos invadió Rusia

Los planes militares no siempre salen bien, pero si además ni siquiera existen, el asunto está condenado a salir mal. Desconozco si el 20 de agosto de 1918, recién desembarcado en Vladivostok, el general William Sidney Graves pensaba que acababa de entrar en la historia. Lo que sí sabía es que acababa de desembarcar al mando de los regimientos 27 y 31 de infantería de los Estados Unidos, con unos 9.000 hombres en total, o sea, con una mano delante y otra detrás si el objetivo era invadir Rusia. Aunque tal vez el objetivo era derrocar a los bolcheviques, vigilar a los británicos y a los japoneses o ayudar a unos soldados checos, o vaya usted a saber. El único plan que se le había proporcionado era un documento de siete páginas, llamado El Memorando, redactado por el presidente Woodrow Wilson en el que se divagaba sobre política, sin rastro de estrategia, logística, implicaciones o consecuencias de la acción. Un despropósito que apenas ocupa un breve en la historia, escondido en pequeños rincones como este. ¿Para cuándo la película? Una especie de remake de Sopa de Ganso basada en hechos reales.

En honor al general Graves hay que dejar claro que era un profesional que en medio del sainete intentó comportarse con sentido común, teniendo en cuenta además que, cuando el secretario de guerra estadounidense le entregó el famoso memorando en la estación de Kansas City poco menos que se disculpó por la faena y le vino a decir algo como “invade Rusia pero no te metas en líos”.

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El Padrino, el espejo del arte

Con la semana que hemos pasado, entre Gallardón, Ignacio González, la que buscaba polvo en el despacho de la oposición y Bárcenas el repartidor, me he saturado. No tengo ninguna gana de hablar de política así que hablemos de cine. Retomo mi sección de escenas de películas con El Padrino (The Godfather, 1972), dirigida por Francis Ford Coppola e interpretada en sus papeles principales por Marlon Brando, Al Pacino, James Caan y Robert Duvall, entre otros. La historia se basa en una novela de igual título escrita por Mario Puzo en 1969 y que se había convertido en poco tiempo en todo un bestseller. El guión lo adaptaron Puzo, Coppola y Robert Town, no acreditado pero que escribió algunas escenas, entre ellas la que luego destacaré.  Lo que inicialmente iba a ser una película de bajo presupuesto dirigida por un Coppola de 31 años prácticamente novato, se convirtió en una trilogía (The Godfather II, 1974; The Godfather III, 1990) que aparece en todas las listas de las mejores películas de la historia del cine.

Desde el principio soy consciente que no hay nada nuevo que decir sobre El Padrino.  Pero cada vez que me la encuentro el resto de mi vida se espera un rato hasta que acabe. Tal vez haya mejores películas pero a mí ninguna me provoca el mismo efecto y muy poquitas me gustan cada vez más pasados los 10 visionados.  En esencia la película cuenta un periodo de la vida de una de las familias del crimen organizado (cuidadosamente se eliminó la palabra mafia del guión) de Nueva York justo después de la Segunda Guerra Mundial, concretamente el traspaso del poder del padre a uno de los hijos. En ese sentido se ven ecos de El rey Lear en la película, un film que habla de casi todo: el poder, la política, la violencia, la moral, la familia (sobre todo); en definitiva, de la condición humana.

La película está repleta de escenas intensas, memorables. Precisamente eso es lo que algunos críticos le echan en cara como uno de sus defectos: a veces más que una narración fluida se convierte en una sucesión de buenas escenas que no se integran en el relato. Como sea, el caso es que acabada una, ya quieres ver la siguiente.  Todas son formidables, pero hoy destacaré mi favorita tras el enésimo visionado: en la que Michael toma las riendas y se convierte en el jefe de la familia. El cambio se ritualizará en la escena final, pero lo vemos antes, cuando todavía están vivos tanto el padre como Sonny, su sucesor oficial.

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Asuntos de familia

Juan José Güemes, Andrea Fabra, Carlos Fabra

Hacía tiempo que tenía desatendida esta sección del blog. No por falta de candidatos, sino por no aburrir a los fieles que se pasan por aquí a ver qué se me ocurre. Pero hay momentos en que tienes que soltar un poco de lastre. Ésta es mi manera de subir a la superficie y tomar aire antes de sumergirme de nuevo en el estiércol que cubre el día a día de la vida económica y política de estos reinos.

En su día ya mencioné en otra entrada de esta misma sección la necesidad de un rescate moral, mucho más difícil pero también más necesario, y urgente si me apuran, que el económico. Lo que me apetece contar hoy son historias de familia. Dos historias encontradas al azar en solo 15 minutos de twitter (les prometo que así fue), dos casos que representan muy bien ese fango moral que nos atrapa y nos pringa de la cabeza a los pies, aunque intentemos no mirar. Está en todos lados y campa a sus anchas, porque las corralinas siempre son para los mismos.

Historias de familias con los ilustres apellidos Güemes, Fabra y Álvarez. Todo digno de Enredo.

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Desmontando a los Reyes Magos

No hacía falta que los hermanos Wachowski hicieran Matrix (hicieron 3 ¿por qué, Señor, por qué?) para decirnos que vivimos en un mundo falso en el que todo es apariencia y representación. Las sociedades occidentales tienen depurado un mecanismo para que sus miembros jóvenes menos dotados se den de bruces con esa idea bastante pronto: Santa Claus y Los Reyes Magos. Si has sido incapaz de llegar por tus medios a dicha conclusión, hay un momento de tu vida en que alguien muestra ante tus narices que las cosas no son lo que parecen.

Cierto es que individuos en edad adulta creen lo que algunos personajes como Rajoy  dicen por la tele, algunos incluso lo analizan sesudamente. En su ¿defensa? diré que los segundos cobran por ello y que cada uno se divierte como quiere. Además, todos vivimos ese momento en que conocimos la trama oculta de la ‘Operación Oriente’ y en lugar de desarticularla nos callamos porque nos convenía, como unos concejales de urbanismo cualquiera.

Esta breve y concisa introducción, tan de mi estilo, es porque, en mi cruzada personal en favor de la libertad de información del reino, tenía un cuarto de hora libre y he decidido investigar de manera concienzuda el oscuro pasado de los Reyes Magos. Para empezar, tienen un color sospechoso, extranjeros sin permiso de residencia que con la excusa de los regalos vienen a aprovecharse de nuestra sanidad. Tal como intuía, he encontrado turbiedades como para llenar dos campos de fútbol con colaboradores de Sálvame o de las tertulias políticas de la Sexta, tanto da. Procedo.

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