Desde fuera se ve mejor

Desde fuera, España se ve mejor, sales más contento de la imagen de España. Dentro, dan ganas de llorar, todo son penas, pero tenemos que sobrellevarlas”. Y añadió, ”Para salir de la crisis, cuchillo en la boca y sonrisa”. Hay que reconocer que últimamente el hombre está sembrao. Juan Carlos I de España, conocido en algunos ambientes como el Rey, dijo esto a los periodistas durante su viaje a la India intentando promocionar lo que los cursis de la mercadotecnia han dado en llamar la Marca España, conocida en los mercados financieros como Hacendado.

Las palabras no fueron una declaración institucional sino que las dijo en un ambiente distendido (a unos periodistas, eso sí) con lo que tienen más valor. El artista antes conocido como El Campechano nació, por la gracia de dios, viendo el mundo real desde afuera. De vez en cuando por la tele se cuela el griterío de la calle, pero cambias de canal y sobrellevas mejor las penas.  Y si eliges el programa adecuado ni siquiera te enteras de que horas después de estas palabras se conocían los datos oficiales que sitúan el número de desempleados en 5.778.100 personas.  Casi 6 millones de cuchillos en la boca, majestad.

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Trospicracia

Tróspido. Me encontré con ella una noche en twitter. Sonora, misteriosa, con la elegancia de una esdrújula. Las palabras agudas son trabajadoras, las llanas clase media y las esdrújulas la aristocracia del idioma. Fue amor a primera vista. La fuerza de la erre y la sensualidad de la de, combinadas con el acento, me cautivaron. Pero veo que no soy el único, Internet se ha enamorado de ella.

Parece ser que su descubrimiento se debe a @hematocrítico, un profesor gallego, bloggero y activo en twitter. Enhorabuena. Como buena parole fatale, es esquiva y no acabamos de saber qué quiere. Su significado no está del todo definido, en la RAE la acaban de conocer y sus señorías son gente prudente, no se pronuncian. Pero se ha llegado a un consenso: es un adjetivo que indica algo que está mal, que es desagradable, incorrecto o erróneo más allá de lo que pueden describir los adjetivos al uso.

Si te casas con tu prima tus hijos saldrán tróspidos. El gato de las tiendas de los chinos es tróspido (bueno, tal vez toda la tienda); un yogur caducado es tróspido.

Eso me lleva a preguntarme, ¿vivimos en una democracia tróspida? ¿Una trospicracia?

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Milgram y la obediencia debida

La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio.

 Stanley Milgram (Los peligros de la obediencia, 1974)

 

El antidisturbios que golpea al anciano en youtube es su vecino, coincide con usted en el parque donde los hijos de ambos juegan juntos. El director de la sucursal que le vendió preferentes a unos jubilados analfabetos está a su lado en la barra del bar, tomando lo mismo que usted. El broker experto en evasión a paraísos fiscales se enamoró de la misma mujer que usted, y a él tampoco le hizo ningún caso. El CEO de la agencia de calificación sufre por su hija, que va por mal camino, como la de usted. La señora ministra, a la salida de su última reunión con el lobby de armamento, no puede dejar de pensar en esa mancha que le ha salido en el brazo. El del medio de la troika toma las mismas pastillas que usted para poder dormir.

Por las calles, las universidades, las plantas nobles de los bancos, los palacios y los estadios de fútbol caminan algunos verdaderos psicópatas, gente malvada que disfruta infligiendo daño al prójimo. Son muy pocos, poquísimos. Fanáticos hay unos cuantos más, pero siguen siendo minoría. El resto son personas como usted y como yo: personas normales, mediocres si me permiten, que, en determinadas circunstancias pueden convertirse en torturadores, sobre todo si cumplen órdenes de otros.

En julio de 1961, Stanley Milgram, psicólogo de la Universidad de Yale, realizó un conocido experimento  en el que intentaba medir hasta dónde llega la obediencia a la autoridad cuando se enfrenta a la conciencia personal. Los resultados sobrecogieron al propio Milgram.

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