Nuevo mensaje a los mercados

Nuevo mensaje, alto y claro, a los mercados: la Agencia Tributaria desmantela su unidad contra la corrupción en Baleares. Los agentes habían sido claves para sacar a la luz tanto el caso Urdangarín como algunos asuntillos del PP de las islas. Como se ve una vez más, a nuestro gobierno no le tiembla el pulso para sacarnos de la crisis. Si esto no genera confianza en nuestro país la culpa será de esos mercados que, como todas las divinidades, no son nada claros en sus demandas y generan cierta confusión, incluso en sus mas fervorosos creyentes. Antes de criticar la medida reconozcan que no es fácil acertar con dioses tan esquivos.

Históricamente España, salvo raras excepciones, ha tenido gobiernos que se han pasado más tiempo mirando al cielo que a los gobernados. Desde los tiempos del glorioso imperio , aquel en el que sus súbditos salían a matar por el mundo porque aquí se morían de hambre, los gobiernos españoles han tenido a bien ser depositarios de la esencia de la verdadera religión, que diría Alatriste. A cambio de una comisión y, sobre todo, de la satisfacción del deber cumplido, claro. Hay dos cosas que nunca han faltado en una iglesia: la cruz y el cepillo. La verdadera religión no ha cambiado, aunque sí el nombre de la divinidad, ahora son los mercados. El cepillo ha pasado a primer plano.

Pero, como decía al principio, el problema con las divinidades es que no son transparentes. Gustan de los mensajes ambiguos, las paradojas y las contradicciones. Que no es aconsejable jugar al póker con ellos, vamos. El Rajoy candidato, el de la niña de los (sic) chuches, pensó que con sólo sentarse a la mesa le iban a dar fichas; y ahí lo tienen todo el día debajo de la mesa: no es que esté escondido, es que las está buscando. Las fichas, no las chuches.

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El hombre que se quería comer el mundo

Ante una crisis tan aguda todos debemos arrimar el hombro, poner nuestro granito de arena, y lo primero es lanzar ideas para solucionarla. Yo voy a aportar una: comámonos a los viejos. A grandes males, grandes remedios. Bueno, la solución no es mía, es de Paulin Gagné.

Paulin Etienne Gagné (1808-1876) fue abogado, periodista, político y, ante todo, un excéntrico francés promotor de lo que llamó la filoantropofagia. Dicha teoría dice que en un acto de fraternité llevada al extremo deberíamos, al llegar a los 60 años, dejarnos comer por los demás. Pero no era de esos que predican rebajar el despido atrincherados en contratos blindados, lo suyo era un “marchemos todos, y yo el primero, por la senda de la filoantropofagia”: cuando lanzó la idea él ya tenía más de 60 años y se ofrecía voluntario.

Pongamos a Gagné en contexto. El es hijo de las ideas de la revolución francesa  y del socialismo utópico. Una especie de Marx devorado por la personalidad de Dalí. Sus ideas, en modo delirante, giran sobre la búsqueda del bien común. Esa es la intención de su “Constitución filantropofágica”, publicada en el diario l’Unité a raíz de la hambruna de Argelia en 1868. Allí habla de “sacrificios salvadores” que permitirían comerse los unos a los otros, siempre que el alimento fueran mayores de 60 años. Así se solucionaba el hambre y el problema de las pensiones de una tacada. Ni repago ni leches. “Los ancianos no son útiles ni ornamentales, y para probarlo estoy dispuesto a ofrecerme como comida para mis sublimes y sufridos conciudadanos“. Todo se haría dentro de un orden y el que no quisiera morir podría donar un brazo o una pierna. Su consigna: el amor del hombre por el hombre dado en alimento.

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Golpe de mercado

A unos días del 18 de julio de 2012. Mariano Rajoy se subió al estrado del hemiciclo, BOE en mano, y gritó “¡quieto todo el mundo!” y “¡al suelo!”. Su destacamento de diputados del PP, con el apoyo de sus correligionarios de CiU, controlaban el Congreso mientras el silencio del PSOE  acallaba las protestas de los minoritarios. En el resto del país la situación estaba controlada, las capitanías de las principales autonomías estaban también en manos de los golpistas. Televisión Española y RNE estaban ya ocupadas por las nuevas fuerzas de asalto, así como los medios públicos de las principales regiones militares. Rajoy empezó a desgranar las medidas que una autoridad competente “europea, por supuesto” ponía en marcha para dejar sin efecto el artículo 1.1 de la Constitución de 1978 por el que España se constituía como “un estado social y democrático de derecho”. La palabra social desaparece, las otras quedan muy pixeladas hasta hacerse irreconocibles.

A medida que el capitán general avanza en la lectura del bando, la bancada popular va exaltándose, jaleando cada una de los torpedos en la línea de flotación de las clases medias y bajas. Como aquella vez de la guerra ilegal en Irak. Incremento del IVA, reducción del sueldo de los funcionarios, reducción significativa de las empresas o fundaciones públicas, privatización de transporte ferroviario, portuario y aéreo, reducción del subsidio de desempleo. En ese momento cumbre, la brunete valenciana del PP no puede más y Andrea, de los Fabra de toda la vida,  consigue, a voz en grito, sintetizar  perfectamente el programa del “golpe de mercado” en una frase de gran resonancia cañí: “Que se jodan”. La quintaesencia del programa del PP sale, poderosa, a la luz y corre por las calles.  Unos modos que hacen añorar a los ‘hombres de negro’ europeos: harán lo mismo, pero guardando las formas. Cuando acaba la sesión, en un ejercicio de responsabilidad y amor a España, Rajoy sale por la puerta trasera.

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La máquina que venció a Napoleón

10 de febrero de 1997, Nueva York, por primera vez una máquina gana una partida a un campeón del mundo de ajedrez. El campeón es Gary Kasparov y la máquina Deep Blue, una supercomputadora de IBM de 600 kilos de peso,  con 64 microprocesadores que le permiten analizar 200 millones de posiciones por segundo. El resultado final del encuentro es, sin embargo, favorable a Kasparov por 4 partidas a 2. Al año siguiente, a 6 partidas, ganó la máquina 3 y medio a 2 y medio. Recuerdo que aquello fue un acontecimiento mundial que creó gran expectación.

Pero no era algo tan nuevo. Casi 200 años antes, en 1809, otra máquina se hacía famosa en el mundo al derrotar al mismísimo Napoleón Bonaparte.  El genio corso mordió el polvo en 24 jugadas. Lo siento, Sire,  je suis désolé. Lástima que no haya documento gráfico de la cara que se le debió quedar. La máquina era un autómata llamado El Turco, creada por Wolfgang von Kempelen, un inventor húngaro que la construyó en 1770 para entretenimiento de la emperatriz María Teresa de Austria. Su nombre se debe a que el autómata era un maniquí de tamaño natural, de barba oscura, atuendo turco y un gran turbante. En uno de sus brazos sostenía una pipa y el otro reposaba sobre un tablero de ajedrez. La mesa sobre la que se apoyaba el tablero era de madera: 120 cm de largo, 75 cm de profundidad y unos 90 cm de alto. Se sostenía sobre unas ruedas, de tal manera que era de fácil transporte y además permitía que el público examinara el artefacto desde todos los ángulos ya que Kempelen, antes de las partidas, invitaba a los espectadores a inspeccionar la máquina. En el interior veían un complejo mecanismo compuesto de ruedas, piñones y engranajes en un lado, en el otro un sistema de palancas articuladas de bronce.

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