Hildegart, la hija imperfecta

El 9 de junio de 1933, Aurora Rodríguez Carballeira le mete cuatro balazos a su hija Hildegart mientras dormía. Tres en la cabeza y uno en el corazón. No es un asesinato cualquiera, es un escándalo que conmociona a la España efervescente de la II República.

La víctima fue bautizada como Hildegart Leocadia Georgina Hermenegilda Maria del Pilar Rodríguez Carballeira (1914-1933), aunque ha pasado a la pequeña historia de España simplemente como Hildegart, nombre escogido por la madre porque, según ella, significa “jardín de la sabiduría”, aunque nadie más esté de acuerdo con tal afirmación. Hildegart había sido una niña prodigio: aprendió a escribir con tres años, con ocho hablaba ya varios idiomas, siendo diplomada en inglés, francés y alemán. A los 11 años impartía conferencias sobre sexualidad y feminismo, temas en las que se convirtió en una de las voces más autorizadas del país. Se licenció en Derecho con 17 años y cuando murió, un año más tarde, estaba estudiando Medicina. Todo esto siendo mujer en la España de 1933, un verdadero erial cultural (salvo una destacada crema intelectual y artística) y un  país ferozmente machista.  Por su conocimiento en idiomas, además de por su talla intelectual, fue traductora y mantuvo relación con personalidades como Havelock Ellis y H.G. Wellsy era la sensación de los salones intelectuales del Madrid prerepublicano.

Hildegart fue también figura política. Militó en las juventudes socialistas, hasta que sus críticas a la dirección hicieron que se separase (se va y la echan a la vez) del PSOE, declarándose “marxista sin partido” y enemiga del “socialenchufismo” del que culpaba a los dirigentes socialistas.

Es también (no olviden su edad, por favor) una de las principales personalidades del feminismo español y una de las pioneras en el campo de la sexología, escribiendo varios libros sobre el tema. Junto al doctor Gregorio Marañón funda la Liga para la Reforma Sexual Española, movimiento que aboga por la emancipación de la mujer en todos los órdenes. Preconiza la libertad sexual y el derecho de la mujer a gozar del sexo al igual que el hombre. La paradoja es que todos sus conocimientos sobre el tema son teóricos ya que su madre, perro guardián, desprecia “el placer animal de la carne” y le impide tener relaciones. Hildegart defiende una sexualidad libre pero vive como una dama victoriana. Por eso Havelock Ellis la bautiza como La Virgen Roja.

Produce vértigo relatar toda la actividad de una vida truncada a tan tierna edad. Hildegart fue, en poco tiempo, un montón de cosas. Pero, sobre todo, Hildegart fue un ‘experimento fallido’.

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15M: “Mariano, tenemos que hablar”

Entre los múltiples eslogans acertados del 15M (‘poco pan, pésimo circo’ me parece brillante, por ejemplo) siempre hubo uno que me llamó especialmente la atención: “Vamos despacio porque vamos lejos”. No cuadraba con tanta efervescencia de tuits, streamings y demás palabros que envuelven el movimiento desde sus primeros pasos. En la generación del too fast too furious era una nota discordante.  Sabia, pero discordante. Vivimos una cultura audiovisual en que todo ha de ser instantáneo, donde los vídeos en internet de más de 3 minutos cansan y donde los anuncios plantean el problema y ofrecen una solución perfecta en 20 segundos. Si la felicidad se consigue en 20 segundos comprando lo adecuado ¿quién quiere esforzarse despacio para conseguir algo?

Por eso, parte de la ciudadanía y, sobre todo la prensa sobrecogedora sector ultracentrista, enterraron el 15M cuando vieron que a los dos minutos el sistema no se había venido abajo ni el cielo caía sobre nustras cabezas. Lo repitieron a las dos horas y a los dos meses y lo seguirán repitiendo tras comprobarse, un año después, que el muerto está muy vivo, mucho más que algunas portadas, tan rancias que a sus mismos autores les avergonzarán de aquí a unos años y negarán haberlas perpetrado.

El 15M sigue caminando despacio (o no, el tiempo es relativo ¿verdad?) pero sin pausa y con buena salud, demostrando además una capacidad de movilización envidiable, se mire como se mire. Yo lo vi en Barcelona con mis propias gafas. Un éxito.

Con tanto crédito acumulado, los autores de ‘no recortaremos sanidad y educación’, ‘no subiremos el IVA’ o ‘hazte bankero‘  (“…que sino te haré yo a la fuerza”, maldita letra pequeña) y sus altavoces van a seguir con el mismo discurso, como el rey desnudo que una vez descubierto por el niño siguió altivo, “con sus ayudas de cámara sosteniendo la inexistente cola” como si nada pasase. Triste trabajo el de algunos periodistas que cada vez se pasan más tiempo hablando solos.

Porque lo importante, aunque fueron muchos, no es que los indignados ayer en Madrid o Barcelona sean 45.000 o 50.000, ese es el debate que quieren algunos para no hablar de lo que realmente importa: el 15M es el resultado del sufrimiento causado por el capitalismo salvaje, la enfermedad del sistema es lo que importa. La gente se dio cuenta que la crisis es en realidad una estafa y, cómo mínimo, dijo aquello de “ahora me vas a oír”.  Había esclavos a los que su estado les parecía natural, seguro que agradecían a su dueño que les tratara con cierta amabilidad; además, les daba de comer. No hace tanto tiempo de aquello. Siempre hubo resignados y sumisos y siempre los habrá. Siempre hubo capataces y siempre los habrá. Y nunca han sido ellos los que han logrado los progresos sociales.

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Torres Quevedo, el Leonardo español

En estos días de recortes en educación, paqué tanta educación tanta educación, a mí me ha apetecido hablarles del inventor más prolífico de la historia de la ciencia española: Leonardo Torres Quevedo. Seguro que todos ustedes, amables lectores, lo conocen desde el colegio porque en un país con una educación por encima de nuestras posibilidades debe ser de estudio obligado, pero yo es que ni me enteré, lo he descubierto hace cuatro días.

Sobre la biografía de Torres Quevedo (Cantabria 1852 – Madrid 1936) no me extenderé, pueden consultar aquí. Solo quiero resaltar su etapa de formación fuera de España y que viviera de las rentas de una considerable fortuna durante toda su vida, lo que le permitía tener tiempo y dinero propio para sus investigaciones. Solo así se explica su dedicación a la ciencia en un país como España, cuyo slogan más acertado (más que el Spain is different) sería la sentencia de Unamuno: ¡que inventen ellos! Y seguimos perseverando en la actitud, aunque ahora somos más rebuscados: formamos a los jóvenes en universidades españolas, los exportamos a golpe de paro para que una vez inventen cosas podamos comprar la tecnología a Alemania por un pastón. Brillante. Ah, coño, ahora entiendo lo de los recortes (a veces me cuesta).

Pero sigamos con nuestro Leonardo. En 1901, ya instalado en Madrid, pone en marcha el laboratorio de Mecánica Aplicada, que se llamaría más tarde de Automática, ese mismo año ingresa en la Academia de Ciencias y en 1920 en la RAE. Con esto quiero decir que reconocimiento en vida tuvo, aunque por aquel entonces, un país analfabeto ignoraba todo lo que no fuera el duelo entre Joselito y Belmonte. Ahora los cosas han cambiado mucho: no son toreros y se llaman Messi y Ronaldo. Cosas de la modernidad.

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