El cautiverio de Cabrera, nuestro Guantánamo

Cuevas de “los tártaros” durante el cautiverio de Cabrera (1809-1814)

De 1809 a 1814, unos 11.200 prisioneros de guerra del ejército napoleónico fueron olvidados en el infierno de la isla de Cabrera en uno de los episodios más negros y menos conocidos de la historia de nuestro país. Miles de personas fueron encerradas hasta morir en una pequeña isla sin nada que comer y apenas agua dulce. Una cárcel sin vallas, porque entre los acantilados y las corrientes no eran necesarias. Al final quedaron poco más de 4.000 esqueletos vivientes que a su regreso a Francia contribuyeron, muy a su pesar, a aumentar la famosa leyenda negra sobre España; muchas veces, como en ésta ocasión, ganada a pulso. Un episodio que fue nuestro Guantánamo.

Volvamos a Cabrera. En honor a la verdad las responsabilidades de este triste episodio habría que compartirlas con las autoridades francesas, que se desentendieron de sus compatriotas, y con los ingleses, que presionaron para que no se llegara a ninguna solución.

El 19 de julio de 1808, en Bailén (Jaén) un ejército de soldados españoles mal equipados y poco adiestrados asombraron al mundo, el mito de la invencibilidad de Napoleón en batalla campal se había roto. Los 14.000 soldados españoles al mando de Castaños derrotaron a unos 10.600 franceses comandados por Dupont, que aún hoy se debe estar diciendo, allá donde esté, Oh mon Dieu, comment il est passé ça? El comandante español, general Castaños, se debe debe estar preguntando exactamente lo mismo.

Lo de Bailén lo comento porque es el inicio de la historia, no la historia de hoy, que no trata de victorias heroicas, de gloria a base de sangre y mierda. La de hoy no tiene gloria, sólo sangre y mierda. Aunque oficialmente se inician en la segunda guerra anglo-bóer (1899-1902), el cautiverio francés en la isla balear se puede considerar uno de los primeros campos de prisioneros de la historia.

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Batallitas

Rocroi según Augusto Ferer-Dalmau

El artículo de Arturo Pérez-Reverte del pasado día 24 de octubre, El perro de Rocroi (en el que alude al cuadro que encabeza la entrada, de Augusto Ferrer-Dalmau) y el magnífico Una historia de violencia del 26 de septiembre, me han agarrado fuerte de la oreja y me han traído hasta el ordenador con dos reflexiones. La primera es evidente: ando un poco atrasado en mis lecturas. La segunda hace tiempo que la vengo barruntando, espoleada por algunos artículos y libros de Reverte y por otras lecturas varias sobre la historia de España. Algunas están a medias, otras solo empezadas; sobre algunas de estas historias leerán aquí si tienen la paciencia para seguir visitándome de vez en cuando. Roger de Flor, Cortés, Álvaro de Bazán, Blas de Lezo, Alvarado, Elcano, Juan de la Cosa, Núñez de Balboa y tantos más.

Hay buenas historias, para pasar solo un rato de aventuras o para que nos lleven un poco más allá de la diversión. ¿Y por qué no de gente que compartió éste país, nación, estado,  lugar conmigo? Hablo de ficciones basadas en nuestra historia, como la serie de Alatriste, donde el autor nos cuenta una aventura dejándonos retazos de nuestra historia, de lo que somos. Y no salimos muy bien librados, dicho sea de paso. Pero también me refiero a la historia de verdad, a la más objetiva posible.

No se trata de glorificarlos ni de esconder su crueldad, megalomanía o arbitrariedad. Por el hecho de haber nacido en Las Españas no son mejores que otros que nacieron hablando otra lengua o profesando otra religión. Ni peores. ¿Por qué admirar los logros de Julio César o asombrarse por las dotes de Napoleón o Nelson y no de la increíble historia de la conquista de México por Cortés? Otros países lo hacen, recuerdan a sus héroes, supongo que con sus luces y sus sombras. Aquí simplemente se les silencia y se les ningunea. Estoy de acuerdo con el desaparecido Fernando Fernán Gómez cuando decía que, contrariamente al tópico, el pecado capital español no es la envidia, es el desprecio.

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