Para juicio el del papa Formoso

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El papa Formoso y una representación del Juicio del CadáverFormoso fue el papa número 111 y ejerció su pontificando durante 5 años (septiembre de 891– abril de 896). Su etapa al mando de la iglesia romana fue convulso, que en aquellos tiempos es como no decir nada: entre 872 y 965 hubo nada menos que 24 papas, una profesión de alto riesgo.

Pero Formoso pasa a la historia no tanto por las dificultades durante su pontificado como por el juicio al que se le somete en 897. O sea, cuando ya llevaba 9 meses muerto.

Eso, por sí solo, tampoco es tan raro, lo curioso es que dicho juicio se celebra con el papa Formoso de cuerpo presente. Fue el llamado Concilio Cadavérico o Juicio del Cadáver. En latín me gusta aun más: Synodus Horrenda

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Viva Naomi Parker / Rosie the Riveter

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Hace unos días murió Naomi Parker. Tenía 96 años. Vivió una vida normal. Las vidas normales, igual que las extraordinarias, están atravesadas por una época de la que no pueden escapar. Naomi tenía 20 años cuando Japón atacó Pearl Harbour y Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial.

Naomi fue una más de las mujeres que se sumaron  al esfuerzo de guerra. Junto a su hermana Ada, se presentó para trabajar en la base naval de Alameda, California. Las contrataron a las dos.

Tras la guerra dejó la fábrica –como tantas otras– y trabajó como camarera. Se casó tres veces. No era nadie, una estadounidense más.

Hasta que en 2011, con 90 años, supimos que ella era Rosie the Riveter (Rosie la Remachadora), la mujer que lo puede todo, un icono de nuestros tiempos.

Si quieres saber la historia detrás de Rosie, ahora te la cuento.

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Keith Harward y la ciencia forense

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Todos necesitamos certezas. Por estos pagos, tras siglos de depositar nuestras certezas en “dios y la verdadera religión”, la mayoría hemos decidido confiarlas a la ciencia. Así se convierte a La Ciencia en algo que no es: una prueba de verdad absoluta. Y eso también puede ser peligroso ya que las verdades científicas siempre son relativas.

No se espanten, no voy a hablar de paraciencias, debate de moda en Internet. En realidad quiero contar la historia de Keith Allen Harward, un crimen, una violación y la ciencia forense.

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Tommy Wiseau y la peor película del siglo

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Títulos de crédito con música e imágenes de San Francisco: un cinco raspado de un trabajo sin ganas de primero de audiovisuales. Pasamos a interior día: un apartamento con una ambientación que recuerda a un videoclip cutre de los 90 o a una peli porno. Vale, suspendidos.

Las actuaciones no son amateurs, son mucho peor que eso. Tras presenciar una inenarrable escena de tres adultos en una guerra de almohadas no aguanto más y doy por bueno el diagnóstico de Internet: efectivamente The Room (2003) es infame y puede ser, fácilmente, “la peor película del siglo XXI”.

Aunque reconozco su capacidad magnética, no soy muy aficionado a los bodrios. Pero sí quedo enganchado con la historia de su creador, El guionista, productor, director y protagonista de la joya: Tommy Wiseau.

Si su película pretende ser un drama, aunque la ejecución la convierte en inclasificable, su vida es claramente un misterio. No se sabe dónde nació,  ni qué edad tiene, ni de dónde diablos sacó 6 millones de dólares para hacer la peor película del siglo y tal vez de la historia, ni por qué nadie paró aquel delirio.

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Franz Honiok, la primera víctima

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En 1939 Franciszek –Franz– Honiok tenía 43 años y vivía en Silesia, una región fronteriza entre Alemania y Polonia. Malos tiempos para vivir allí.

Franz no era militar ni político sino un campesino de ascendencia polaca que vivía en la Silesia alemana y que había participado en algunos actos en favor de Polonia, lo que le había llevado a probar cómo se las gastaba la Gestapo.

No era necesario hacer gran cosa para acabar en el radar de la Gestapo, Honiok no era sino uno más de los miles de presos encarcelados por los nazis por su origen o ideología.

Pero Franz iba a ser recordado años después. Sin comerlo ni beberlo, por un atropello del destino, Franciszek Honiok se iba a convertir en la primera víctima de la Segunda Guerra Mundial.

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Rob Riphagen, en el nombre del hijo

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Rob Riphagen vivía con su madre, en Amsterdam. Su padre se tuvo que ir del país cuando él era un bebé. Se fue a trabajar a Argentina y a finales de los años 40 Argentina estaba bastante más lejos de Holanda que ahora.

A sus cinco años, las referencias de Robert sobre su padre eran las fotografías que decoraban su casa –una grande en el salón, otra en la mesita de noche– y lo que su madre le contaba sobre él. Cosas buenas: que se había marchado a trabajar lejos para que a ellos no les faltara de nada; eran tiempos difíciles para la mayoría, recién acabada una guerra atroz.

Así que en la mente infantil de Rob su padre era un héroe. Un hombre grande y fuerte, sin miedo a nada ni a nadie y que pronto volvería a casa para cuidarles y protegerles.

Por eso no podía entender por qué en el colegio sus compañeros se burlaban, insultaban a él y a su padre, le pegaban, abrían su cartera y tiraban sus libros y cuadernos al barro. Todo por culpa de su padre.

El pequeño Rob no entendía qué tenía de malo ser hijo de Andreas “Dries” Riphagen.

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Parece mentira ¿verdad?